Aborto, Bautismo y Bienaventuranza
Eterna
La discusión sobre el aborto habitualmente se centra
en el derecho a la vida del niño por nacer, olvidando
el aspecto trascendente de la cuestión, es decir la vida
eterna.
En efecto, al morir en la Cruz y derramar su sangre infinitamente
preciosa, Nuestro Señor Jesucristo nos abrió las
puertas del Cielo.
Tenemos, entonces, la gravísima obligación moral
de aprovechar los frutos de la Redención. Por eso, la
Santa Iglesia Católica determina que, en situaciones
de riesgo, médicos y parteras administren el sacramento
del bautismo a recién nacidos e incluso a fetos dentro
del útero. Asimismo prescribe que, en los abortos espontáneos,
el feto sea bautizado si está vivo y bajo condición
si se duda de ello.
Precisamente, ese bautismo es sistemáticamente negado
a los fetos extirpados criminalmente del seno materno, incluso
hasta en los frecuentes casos en que el nonato es arrancado
aún con vida.(1)
En consecuencia, agrava aún más el monstruoso
pecado del aborto esa indiferencia ante el destino que, desde
su concepción, tiene el hombre a la bienaventuranza eterna.
(2)
(55) ¿Qué
consejo se le puede dar a una mujer sumergida en angustias y
dificultades económicas y que está siendo presionada
para deshacerse mediante el aborto del "hijo no deseado"?
Es necesario animarla a reflexionar con espíritu de
Fe sobre las tribulaciones que se sufren en este "valle
de lágrimas", haciéndole comprender la obligación
de todo cristiano de no limitar su mirada a la vida terrena.
Y a comprender que nuestro destino es el Cielo, cuyas puertas
nos abrió el divino Redentor al morir en la Cruz.
Sólo en esa perspectiva encontrará las fuerzas
necesarias para no quebrantar la ley de Dios en circunstancia
alguna y a confiar en la Divina Providencia, que, por mediación
de la Santísima Virgen María, atenderá
generosamente sus necesidades temporales y espirituales. (3)
Así se expresó al respecto, en 1974, el Cardenal
Francisco Seper, en ese entonces Prefecto de la Congregación
para la Doctrina de la Fe:
"Bajo este punto de vista, no existe aquí abajo
desdicha absoluta, ni siquiera la pena tremenda de criar un
niño deficiente. Tal es el cambio radical anunciado por
el Señor: 'Bienaventurados los que lloran, porque ellos
serán consolados' (Mt. 5,5). Sería volver las
espaldas al Evangelio medir la felicidad por la ausencia de
penas y miserias en este mundo" (4)
Notas:
1 Cfr. Mons. Dr. Luis
Alonso Muño Yerro, "Moral Médica en los Sacramentos
de la Iglesia", Ed. Fax, Madrid, 1955, 4ta. Edic., Código
de Derecho Canónico, pp. 25-49.
2. Cfr. "Catecismo
de la Iglesia Católica", nº 1703.
3. Cfr. Rvdo. P. Thomas
de Saint Laurent, "El Libro de la Confianza", Ed.
Stella Matutina, Buenos Aires, 2000, cap. III y IV.
4. Cfr., "El
Aborto provocado", op. cit., "Declaración...",
p. 46.
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