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Introducción

Esperando la muerte

En la sala de espera de la clínica, cuatro mujeres aguardan ansiosas el llamado de la enfermera.

Sus rostros están tensos y un tanto sombríos. No hablan entre sí e incluso evitan cruzar la mirada.

Una de ellas apaga nerviosamente el resto de su cigarrillo en un cenicero. Dos minutos después enciende otro, visiblemente ansiosa.

Ese clima de tensión psicológica contrasta con los colores y la decoración del ambiente. Parecen haber sido calculados para causar, precisamente, el efecto contrario.

Las paredes son de un rosa claro. Los cuadros muestran exuberantes paisajes. La música ambiental procura dar la idea de que nada serio pasa.

Pero ni la decoración, ni la sonrisa de las empleadas, ni la blancura de los uniformes de las enfermeras que caminan de un lado a otro consiguen disfrazar la pesada atmósfera que se respira.

Súbitamente, una enfermera de mediana edad se asoma por una de las puertas de vidrio entreabierta.

Con voz dulzona llama a una de las clientas que no debe tener más de veinte años. Es una de las tantas mujeres que todos los años concurren a estas clínicas especializadas para abortar.

- Acompáñeme, por favor, -le dice la enfermera.
Esforzándose por sonreír, la joven agradece. Pero inmediatamente después vuelve la angustia que la embarga. Y camina junto a la enfermera por el largo corredor iluminado con luces de neón, que para ella no parece tener fin.
Cada paso repercute como un golpe en su cabeza.
Una sensación extraña la invade, aumentando su aprensión.
El pesado silencio de aquel corredor repentinamente es roto por un ruido de motor que proviene de atrás de una ancha puerta.

Hace recordar el ruido de una aspiradora, pero se trata, en realidad, de una máquina de aspiración destinada a succionar del útero materno fetos de hasta doce semanas de vida.

En la puerta siguiente, la enfermera le dice:

- Pase.

La joven siente un escalofrío. Parece faltarle el aire. Piensa que va a desmayarse, su corazón se acelera y su organismo reacciona. La envuelve un sudor helado.

Respirando hondo, entra y la puerta se cierra suavemente.
El médico que la esperaba es un hombre de unos treinta y cinco años, de mediana estatura, cabellos negros y escasos.

Su fisonomía es melancólica y presenta trazos de envejecimiento precoz. Los labios son carnudos y gruesos, arqueados hacia abajo. Usa anteojos gruesos, con cristales que acentúan un defecto en el párpado izquierdo, más caído que el otro.

Sus ojos, tan esquivos como su voz, pese a que evitan mirar de frente, tienen un aire siniestro que intimida a la joven.
En la pared debajo del diploma, se ve una extraña lista de precios:

Hasta catorce semanas $ 185
14 – 15 semanas $ 250
16 – 20 semanas $ 375
Más de 20 semanas $ 1250

Después de revisarla y hacer algunas preguntas, el médico dice en voz baja y pausada:

- Esto no será difícil. Todavía no se cumplieron 19 semanas. Pero Ud. tal vez tenga que permanecer dos o tres días en el hospital.

- ¿Pero qué hará conmigo, doctor?

- No va a ser preciso abrir. Tan sólo extraeré un poco de líquido e inyectaré otro. En unas horas la “cosa” bajará.

- Pero doctor, ¿esto va a traerme alguna complicación?

- Ni más ni menos que un simple parto. Lo único que podrá sentir son algunos calambres. Nada más. Eso ya está previsto. Después todo volverá a la normalidad.
Pensando tranquilizar a la clienta, la enfermera agrega con una sonrisa cínica:

- ¡No se preocupe querida! Todo saldrá bien. No le costó hacerlo, no le costará nada deshacerlo...Y Ud. tendrá un gran alivio.

Esta tragedia se repite en el mundo más de 150.000 veces por día.

Así se siega la vida de 50.000.000 de niños por año, según las estadísticas divulgadas por las Naciones Unidas en el Demographic Yearbook.

Para estas víctimas inocentes e indefensas no hubo ni habrá bautismo, no hubo ni habrá velorio, no hubo ni habrá un entierro digno. Su destino es el tacho de basura de una clínica.

Introducidos en bolsas de plástico, esos seres humanos, redimidos por la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, serán entremezclados con tumores, heces y otros residuos hospitalarios y posteriormente incinerados. O, infamia mayor, serán vendidos a laboratorios o fábricas de cosméticos que utilizan tejidos fetales.

En el libro “Bebés para quemar”, Michael Lichifiel y Susan Kentish narran lo siguiente:

“ Un ginecólogo del 'Harley Street', en Londres, vende fetos a una fábrica de productos químicos para la producción de jabones y cosméticos. Realiza abortos de siete meses y, cierta vez, no tuvo tiempo de matar cuatro bebés que, ya extraídos, lloraban desesperados uno al lado del otro. ‘Era una pena arrojarlos al incinerador, porque ellos tenían mucha grasa animal que podría ser comercializada...´” (*)

(*) Cfr. Michael Lichifiel y Susan Kentish, “Bebés para quemar”, Ed. Paulinas, San Pablo, 1977, p. 153.

En España se denunció recientemente un negocio macabro en los Estados Unidos de Norteamérica: el uso de células de niños abortados de alrededor de cinco meses de gestación para investigar sobre el proceso de cura de determinadas enfermedades:
“Los tejidos fetales empleados provienen de fetos recién abortados”, afirmó el Sr. Xuan Xulio Alfaya, dirigente del Club Rielque de España. En algunos casos, “el feto debe ser abortado entre las 14 y las 20 semanas de gestación si se quiere que el tejido pancreático extraído sea implantable” y advirtió que “para reponer el páncreas de un adulto se necesitan ocho fetos” (*)

(*) Cfr. “Cristo Hoy”, 31-7 al 6-8-1997.

¿Se perdió el sentido moral? ¿Se apagó acaso la luz de la razón?
Lo concreto es que, en esa “carnicería”, donde se vende la carne humana a precio vil, los métodos de exterminio continúan perfeccionándose, son ampliamente conocidos, habiendo sido inclusive fotografiados, filmados y divulgados por medios gráficos y visuales.

Sin embargo, hay quienes miran hacia otro lado y, fundamentándose en una serie de “mitos”, de supuestos “derechos”, de impactos emocionales y aparentes finalidades sanitarias, intentan por todos los medios liberalizar el aborto en nuestro país, contando para ello con grandes medios económicos y publicitarios, y apoyos en el campo legislativo.

En estas circunstancias, es indispensable que todos cuantos luchan en defensa de la vida humana desde la concepción, tengan fácilmente al alcance las respuestas sólidas, contundentes y documentadas a los principales “slogans” de quienes promueven la “cultura de la muerte”.

Es lo que nos proponemos en los capítulos de este libro, como una modesta contribución a la benemérita acción desarrollada desde hace tantos años por todas las organizaciones Provida en la Argentina.

Deseamos que este esfuerzo editorial, consagrado al Divino Espíritu Santo por intercesión de María Santísima, contribuya a esclarecer las conciencias, robustecer los principios y a despertar una reacción salvadora.

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