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Los ojos y los demás sentidos

Según un anónimo benedictino del siglo XII

Liber de Stabilitate Animae, Cap. III (1)

Ésta, nuestra casa, tiene también puerta y ventanas, que a juicio del dueño, en el momento oportuno, serán abiertas, para dar cabida a las cosas necesarias o cerradas para rechazar las perniciosas. Pero, ¿cuáles son estas ventanas? ¿Cuál es la puerta? Las ventanas son, con toda seguridad, los cincos sentidos del cuerpo: la vista, el oído, el gusto, el olfato y el tacto. A través de estas ventanas el hombre interior ve lo exterior, conoce lo que ve, y desea lo que conoce. Dios, que creó esta casa corporal, dispuso la organización del cuerpo para que el hombre conociera así las cosas visibles ya través de este conocimiento llegara a conocerlo a él, como a la luz más necesaria.

Pero el mismo habitante, a quien Dios le dio estas ventanas para un uso indispensable, puede usarlas mal, dejando pasar por ellas tinieblas en lugar de luz, muerte en lugar de la vida necesaria. Por eso dice el profeta: La muerte subió por las ventanas y ha ingresado en nuestra casa (Jer 9). ¿Qué es pues que la muerte suba por nuestras ventanas e ingrese en nuestra casa, sino que la concupiscencia del pecado entra en nuestro espíritu a través de los sentidos del cuerpo y, mientras deleita el alma, la destruye con el mortal pecado?

Cierra, por tanto, las ventanas de tu cuerpo en el momento certero y oportuno: Aparta tus ojos, para no ver vanidades (Sal 118,37). No sea que deteniéndote incautamente a observar el mal que hay en el exterior, la muerte te arrebate, valiéndose de lo que debería ser para ti la fuente de la luz vital .Esta luz vital es el conocimiento del Creador, que puede alcanzarse por la reflexión y el estudio de lo creado. Pues, como dice el apóstol: Por las cosas creadas se deja comprender lo que es invisible del mismo Dios (Rm I). Mira la belleza de todo, el cielo, la tierra, el mar y lo que hay en él. Piensa, cuál, cuántas y qué hermosas cosas han sido hechas. Medita en tu interior ¿Quién es y cómo será aquél que ha creado, dispuesto y ordenado todo esto? ¿Quién rige, gobierna y contiene todo?

Con toda justicia este tal debe ser temido, honrado y amado. ¡Oh infeliz es el hombre que no sirve a quien sirven todas estas cosas; que no obedece a quien todos obedecen; quien no ama a aquél que sin ninguna necesidad de su parte, sino tan sólo por su bondad, creó al hombre y todas las cosas! Si consideras todo esto en tu interior de modo que de la observación de las criaturas llegues a conocer su Creador, lo honres y lo ames; las ventanas de tu cuerpo, entonces, recibirán la luz vital, cumpliendo así el papel para el cual te han sido concedidas por el Creador. Pero si tú, mirando lo creado, prefieres amarlo más que a su Creador y te gozas con su belleza y su utilidad, más que con el conocimiento y el amor de quien las hizo, la muerte, entonces, ha entrado por tus ventanas, y aquellas que debieron iluminarte, te han quitado la luz verdadera. Del mismo modo todos los medios que deberían haberte servido de ayuda, se han vuelto tus nefastos ladrones, puesto que arrebataron la vida de tu alma, es decir el conocimiento y el amor de Dios.

Sobre la fineza de la casa espiritual (2)

Así pues, la casa y la edificación de la que hablamos es la estabilidad del cuerpo, de los sentidos y del espíritu. La Verdad misma aseguró que ni la lluvia, ni los ríos, ni los vientos la podrían derribar, pues está asentada sobre roca firme. En efecto, ¿qué puede entenderse por lluvia sino la concupiscencia? Pues cuando tienta a alguien, relaja poco a poco la norma de conducta y lo disipa en voluptuosidades. y ¿qué son los ríos sino el torrente de todos los vicios, que confluyen para derribar y destruir la casa, es decir la estabilidad en la virtud? ¿Qué son los vientos, sino la perversa unión de los espíritus malignos que soplan sin cesar, intentando por la sensualidad hacerse familiares y cercanos al espíritu del hombre, seduciéndolo perversamente.

Por tanto, las lluvias, los ríos, los vientos pueden azotar esta casa de virtudes, pues, toda clase de tentaciones y todo género de vicios pretenden empujar o tentar el espíritu de los elegidos, que se haya adherido a su Creador por la verdadera y perfecta estabilidad. Pero no pueden moverlo ni dañarlo, porque está cimentado sobre roca, es decir la verdadera fe, la esperanza y el amor a su Creador.


Notas:

1. PL 213, 911-930. Tradujo del latín: H. Mariano Demateis, osb.

2. col 928-930.

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