El fin del pudor,
víspera del horror
Hoy, cuando la televisión expone la vida íntima a la curiosidad
pública -con emisiones como "Gran Hermano", entre otras-
resulta oportuno, sobre todo para las nuevas generaciones,
insistir en la relación existente entre pudor y civilización.
Lo que es hecho para ser visto por todo el mundo, es público;
lo que se hace dentro de una residencia, es particular.
Así, por ejemplo, un espectáculo al aire libre, es de carácter
público. Un almuerzo de familia o la reprimenda de un padre
a su hijo, son particulares, y no los deben presenciar extraños.
En lo que se refiere a lo particular, hay actos que, por
su propia naturaleza, sólo deben ser practicados delante
de un número reducido de personas -apenas las indispensables-
o incluso sin la presencia de nadie. Son los actos íntimos,
como el tomar baño, la higiene personal, etc. También puede
hablarse de una conversación íntima de una madre con su
hija, o de un confesor con el penitente.
Evangelizar es civilizar
En esa distinción - entre actos públicos, particulares
e íntimos - se unen admirablemente la moral católica y la
civilización. De hecho, evangelizar es también civilizar,
es avivar el pudor, estimular el sentido de las conveniencias
y destacar las sagradas ventajas de la privacidad. Es también
preparar cada alma para actuar en el gran "palco" del mundo,
con sus lances a veces heroicos, a veces trágicos, o a veces,
simplemente comunes.
Los misioneros que convirtieron a los bárbaros o a los
indios, enseñaban al mismo tiempo a practicar los Mandamientos
de la Ley de Dios y a pulir hábitos y costumbres.
El neopaganismo moderno, tan difundido desde las pantallas
de TV, fue produciendo el efecto inverso. Se fue demoliendo
el respeto mutuo, la consideración que merece todo ser humano,
dotado de un alma espiritual redimida por Nuestro Señor
Jesucristo.
Cuando se olvidan estas verdades elementales, comienzan
a pregonarse todas las "libertades" (libertinajes), se difunde
el hábito de vivir promiscuamente en "comunidad", se deteriora
la buena educación y se pierde el respeto por los superiores.
En consecuencia, tiende a debilitarse y a desaparecer la
distinción entre público, privado e íntimo, las barreras
morales son consideradas alienantes, el pudor una enfermedad
y la privacidad como contraria al ideal de una vida en comunidad.
Si hoy la intimidad es expuesta a la vista de todos a través
de la televisión, Internet y medios gráficos, ¿cómo logrará
subsistir en la vida familiar o individual?
De la falta de pudor al sadismo
En los últimos años se difundieron programas de televisión
que hicieron trizas el sentido del pudor, como en el caso
de una actriz chilena que, durante un mes, vivió en una casa
de vidrio, expuesta a la curiosidad del público hasta en sus
actos más íntimos.
Pero hay más. Hoy no se explota tan sólo la inmoralidad.
El sadismo grotesco y repugnante ya está golpeando nuestras
puertas, pues cuando se destruye el pudor, la intimidad
y la educación, se tiende a exponer públicamente lo prosaico
y lo monstruoso.
En ese sentido, la televisión brasileña pasó todos los
límites.
Los participantes del programa "En el límite" fueron coaccionados
a comer una gallina cruda, langostas y, como postre, lagartos
vivos. No podían dejar nada en el plato... En la noche,
fueron exhibidas imágenes de una de las participantes, hambrienta,
cansada y estresada, con convulsiones y vómitos...
Todo esto, claro está, no sería posible sin la colaboración
de los medios de comunicación, que actúan como una punta
de lanza de la demolición de la privacidad, la intimidad
y la apertura de puertas al horror. Lamentablemente, existe
también connivencia por parte de los asistentes y, sobre
todo, una gran omisión de quienes deberían alertar al público
y no lo hacen.
De no haber una reacción a la altura de las circunstancias,
¿qué mostrarán los canales dentro de algunos años? ¡Tal
vez alguien se haga un haraquiri para que el programa atraiga
más espectadores!
Que estas reflexiones contribuyan a disponernos a defender
con firmeza a la familia y a la moralidad pública frente
a la agresión televisiva.
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