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La familia: sus orígenes históricos remotos

Fustel de Coulanges


El pater primigenio rex sacral de la familia

“La familia era un pequeño cuerpo organizado, una pequeña sociedad que tenía su jefe y su gobierno. No hay nada en la sociedad moderna que pueda darnos una idea de esta autoridad paterna. En aquella antigua época, el padre no era sólo el hombre fuerte que protege y que tiene el poder de hacerse obedecer: era el sacerdote, el heredero del hogar, el continuador de sus antepasados, el tronco de sus descendientes, el depositario de los ritos misteriosos del culto y de las fórmulas secretas de la oración. (...)
“El propio nombre con que se le designa, pater, (...) en lenguaje religioso se aplicaba a todos los dioses; en lenguaje jurídico, a cualquier hombre que no dependía de otro y ejercía autoridad sobre una familia y sobre un dominio, (...) se empeleaba con todos aquellos a quienes se deseaba honrar. El esclavo y el cliente la usaban para con su señor. Era sinónimo de las palabras latina Rex y griega basileo (rey). No contenía en sí la idea de paternidad , sino la de poder, autoridad, dignidad majestuosa.”(págs.96-98).

La familia en el alba de la Historia

“Los hijos no se separaban del padre; (...) gracias al principio de la comunidad del dominio, los hermanos menores no se separaban del primogénito. Hogar, tumba, patrimonio, todo era indivisible en sus orígenes. En consecuencia, la Familia también los era. El tiempo no la desmembraba. Esta familia indivisible, que se desarrollaba a través de los tiempos, perpetuando de siglo en siglo su culto y su nombre, era verdaderamente la gens antigua. La gens era la familia, pero la familia habiendo conservado la unidad que su religión le imponía, y habiendo alcanzado todo el desarrollo que el antiguo derecho privado le permitía alcanzar.”(págs.120-122).

“Cada familia tiene también su propiedad, es decir, su parte de la tierra que está inseparablemente unida a ella por su religión (...). En fin, cada familia tiene su fefe como una nación tendría su rey. Tiene sus leyes, (...) su justicia interior, por encima de la cual no hay otra la que se pueda apelar. Todo aquello que el hombre necesita perentoriamente para su vida material o moral, la familia lo posee en sí. No necesita nada de fuera: es un Estado organizado, una sociedad que se basta a sí misma.

“Esta familia de las antiguas épocas no estaba reducida a las mismas proporciones que la familia moderna. En las grandes sociedades, la familia se desmembra y decrece; pero, en la ausencia de cualquier otra sociedad, se extiende, se desarrolla, se ramifica sin dividirse. Varias ramas secundarias permanecen agrupadas alrededor de una rama primogénita, junto al hogar único y la tumba común.” (págs. 126-127).

La sociedad y la civilización nacen de la familia

“Cierto número de familias formaron un grupo, que la lengua griega llamó una fratría y la lengua latina una curia. (...) La fratría tenía sus asambleas , sus deliberaciones, y podía emitir decretos. En ella, así como en la familia, había un dios, un culto, un sacerdocio, una justicia, un gobierno. Era una pequeña sociedad modelada exactamente sobre la familia. (...)
“Muchas curias o fratrías se agruparon y formaron una tribu. La tribu, como la fratría, celebraba sus asambleas y emitía decretos, a los cuales todos sus miembros debían someterse. Tenía un tribunal y un derecho de justicia sobre sus miembros. Tenía un jefe, el latino tribunus, o el griego filobasileís.” (págs. 131-135)
“Varias tribus podían asociarse entre sí, con la condición de que se respetase el culto de cada una de ellas. El día en que se celebraba esta alianza, nacía la Ciudad.” (págs. 143-145)
“Ciudad y urbe no eran sinónimos entre los antiguos. La Ciudad era la asociación religiosa y política de las familias y de las tribus: la urbe era el lugar de reunión, el domicilio y, sobre todo, el santuario de esta asociación. (...)
“La fundación de una urbe era siempre un acto religioso. Tomemos como primer ejemplo a la misma Roma (...) Llegado el día de la fundación, Rómulo (...) cava un pequeño hoyo de forma circular y echa en él un puñado de tierra que ha traído de Alba. A continuación, cada uno de sus compañeros, se acerca por turno y arroja, como él un poco de tierra, que ha traído del país de donde procede. (...) Antes de llegar al Palatino habitaban en Alba o en alguna otra de las ciudades vecinas. Allí estaba su hogar; era allí donde sus padres habían vivido y estaban enterrados. Ahora bien, la religión prohibía abandonar la tierra donde el hogar había sido establecido y donde los antepasados divinos reposaban. Era, pues, necesario, que cada uno de estos hombres, (...) llevase con él, bajo el símbolo de un puñado de tierra, el suelo sagrado en que se hallaban enterrados sus antepasados (...) para que puediera decir, mostrando el nuevo lugar que había abrazado como suyo: “Esta es también la tierra de mis padres, terra patrum, patria; aquí está mi patria, porque aquí están los manes de mi familia”. (págs. 151-154).


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Numa- Dionisio Fustel de Coulanges, “La Ciudad Antigua”, (Librairie Hachette, Paris).

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