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Como controlar el hábito
antes que el hábito lo controle a uno

Dr. Omar López Mato

1)Tomar conciencia de la situación: Cuanto tiempo pierdo y que otras cosas puedo hacer en ese interin. Después del trabajo y el sueño, la televisión es la actividad en la que más tiempo gastamos. Si usted tiene 50 años, pasó entre 5 y 10 años de su vida frente a la pantalla!! Por eso espero que su vida cambie después de leer eso. Si no es así, cambie de canal!

2)Promover otras actividades. Después de cenar – y aun cenando – la familia en grupo – o lo que es peor, cada uno por su lado – corre a prender el televisor. Promuevan aunque sea una o dos veces por semana otras actividades en las que puedan participar todos juntos.

3)¿Cuantas veces a los tres minutos de ver una película usted se da cuenta de que es un bodrio? Sin embargo, insiste en las próximas dos horas – comerciales de por medio – en darle una oportunidad para mejorar, cosa que seguramente no pasará. Si no lo atrae, córtela y comience con otra actividad. Ejerza su poder de elección.

4)Imponga límites: Se juega tanto tiempo a los video games o se ve tanto tiempo de televisión. Ponga un timer que suene en el momento establecido. A veces la televisión mantiene entretenido a nuestros hijos mientras nosotros podemos hacer nuestras cosas y ellos nos dejan en paz. Busquemos actividades en los niños en las que pongan imaginación.

5)En lugar de vagar por las docenas de canales buscando algo que capte nuestra atención, busque en los listados que es lo que desea ver. Aprovechará mejor su tiempo.

6)En Canadá y Australia los colegios requieren que sus alumnos vean tal o cual programa. Esto le da una utilidad educativa a la televisión y permite que los jóvenes sean más selectivos.

7)Espero que después de haber leído este articulo se den cuenta de la enorme cantidad de tiempo que perdemos y puedan comprender que la vida vale la pena vivirla con nuestras propias vivencias y no por los conceptos que un productor o una cadena televisiva pretenda imponernos

Confesiones de un adicto a la TV

Les escribo desde el pecado, desde el fondo del arrepentimiento. Confieso mis culpas desde la experiencia de haber sido un adicto televisivo.

Quizás mi pecado fue venial, porque en la época de unos pesares, la TV no había llegado a los extremos de vacio que hoy le es propia.

Lo digo desde el Cisco Kid y Los Tres Chiflados, del Hombre del Rifle y La familia Falcón. Lo confieso desde la inocencia de Viendo a Biondi. Me arrepiento desde la sonrisa de Dick Van Dyke.

Eran esas horas que conocía de memoria y esperaba ansioso para comenzar a deleitarme dejándome llevar por la modalidad simplona de vivir la vida de otros, de ver por los ojos de los demás el mundo que no conocía y que aprendí en esa caja de 21 pulgadas (porque en esas épocas no necesitábamos mayúsculas proporciones para comprometernos –de las 29’’, 54’’ y demás megadosis vendrían más tarde en mi vida-).

Pertenezco a una remota generación que aprendió a socializarse imitando los gestos, acciones y estrategias de nuestros ídolos en pantallas menores. Supimos hacernos valer con nuestros puños al igual que los muchachitos de los Western, que mamamos en nuestra infancia cuando no, de actos rayanos en lo psicopático, como el personaje de Steve MacQueen en Randal el Justiciero.

Flaubert decía que aprendemos las artes de amar en los libros. Nuestra generación a falta de literatos aprendió a amar viendo La Caldera del Diablo.

Es justamente Flaubert quien nos da vida escandalosa de Madame Bovary. El ‘voyerismo’ irrumpe en las clases acomodadas que, a falta de propios pesares y excesos de tiempo libre, se dedica a sufrir la vida de héroes imaginarios. Este fenómeno limitado a un grupo social de finales del siglo XIX se multiplica hasta el infinito gracias a la pantalla chica, que además agrega la perversa actividad del voyerista –espiar al otro sin ser visto-, como cuando caminamos por la calle y nos detenemos a ver por la ventana abierta de un vecino, entrando a la vida del otro sin ser invitado.

De esta pantalla abrevan generaciones esclavizadas a sus imágenes que introyectan sus ejemplos para después, de una forma u otra, aplicarlos a su existencia... O lo que queda de la misma, cuando se la limita para seguir, con devota puntualidad, tal o cual episodio del culebrón preferido seguido en un silencio rayano en lo religioso. A través de esas imágenes vivimos la vida ajena como la vida propia, sufrimos, lloramos, nos enamoramos y morimos en esos píxeles de fantasías que solo convierten nuestras vidas en una escala de grises.

Usamos estas imágenes para evadirnos de nuestras vidas desteñidas, embadurnándonos con los colores tramontanos de la TV. Es natural que así sea en nuestras cómodas vidas urbanas, donde lo más interesante que nos puede pasar en el día sea sacarle punta a un lápiz. Así destinamos, en un acto patético, nuestro tiempo libre a sólo vivir la existencia impropia de imágenes enlatadas, que nos quitan el tiempo y la posibilidad irrecuperable, de vivir la propia.

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